Abolición

opinión

En 1943 Simone Weil escribió un pequeño libro titulado Sobre la abolición de todos los partidos políticos. Hoy sigue siendo una sana lectura. En todas partes, los institutos en referencia tienen una participación predominante en la organización social. Esta es una cuestión siempre controvertida y los argumentos de Weil se sostienen.

Un razonamiento esencial del texto en cuestión es que la democracia, el gobierno de la mayoría, no es buena en sí misma. Es apenas un instrumento para conseguir el bien y su efectividad es incierta.

La disyuntiva que esto expone es evidente para los ciudadanos de cualquier democracia existente. Las elecciones son un medio aceptado generalmente para el funcionamiento de la democracia, pero no constituyen ninguna garantía de que esto se cumpla. El problema se remonta al planteamiento del ideal republicano conforme a la noción de Rousseau sobre el bien común. La idea se asienta en la existencia de la razón contenida en cada individuo y, también, de las pasiones como fenómeno colectivo.

La consecución del bien común requiere, siguiendo a Weil, cuando menos un par de condiciones. Una es que cuando un individuo se da cuenta de sus propias intenciones y las manifiesta, no debe prevalecer ninguna forma de pasión que las distorsione. La segunda es que los individuos deben expresar sus deseos con respecto de los asuntos públicos sin ataduras a personas u organizaciones que sostienen y usan esas pasiones a su favor.

El argumento se encamina al señalamiento de permitir a las personas expresar su juicio acerca de los problemas de la vida pública y, también, cómo proponer las cuestiones sujetas al debate público sin que se contaminen por las pasiones colectivas.

Para Weil, aproximarse a esta manifestación de la legitimidad democrática requiere de la abolición de los partidos políticos. Éstos, afirma, son una máquina para generar pasiones, son organizaciones diseñadas para imponer una presión colectiva sobre los miembros individuales y, en especial, tienen como principal objetivo su propio crecimiento, sin límites, como una forma de alcanzar poder y, claro está, de mantenerlo, a veces a toda costa, sí, hasta la dictadura.

Democracia, poder, elecciones son una tríada bien sabida en México. Sesenta años de control político de un partido que, basado en el lema sufragio efectivo, no relección, lo utilizó con mucha eficacia. La primera parte del lema era una mera frase sin demasiado contenido, la segunda, una fórmula muy trabajada para que se mantuviera el status quo. Las dosis de represión mantuvieron el curso. Incluso la alternancia en el poder entre 2000 y 2012 no alteró en nada la ecuación.

Esta democracia se hizo de un instrumento de pretendida legitimidad con el antiguo IFE (Instituto Federal Electoral), que no pudo sostener su autonomía y fue retomado por los partidos políticos. El actual INE (Instituto Nacional Electoral) está constantemente en el centro de las disputas de poder y aquella legitimidad está perdida.

Ahora que ya está abierta la nueva temporada electoral en el país, el sistema político exhibe muchos de sus problemas endémicos. Males recurrentes y exacerbados como la corrupción; instituciones denominadas democráticas, como ocurre con el Congreso, con una representación fallida de los intereses y necesidades de a quienes dicen servir y una aprobación ciudadana casi inexistente de su trabajo. Leyes que existen, pero que se cumplen apenas.

Pasiones desbordadas dentro de los partidos y hacia una sociedad cansada. Pleitos internos, argumentos que no apuntan a la verdad y se nota a leguas; alianzas innaturales como la del PRD y el PAN en pos del poder, cualquiera que sea la forma que tenga con tal de no reducir las cuotas de cada uno. Y los partidos periféricos que sirven de apoyo al andamiaje. Es la conformación de una suerte de clase ociosa que exhibe las limitaciones de los partidos como instrumento democrático.

Así que se equivoca rotundamente la señora Barrales, lideresa de un partido moribundo por méritos propios cuando dice: Lo que pasa hoy en el mundo, no sólo en el país, deja claro que el tema de derechas e izquierdas está rebasado. La gente no come ideología, lo que le preocupa es tener empleo y salario digno, etcétera, etcétera. Eso es demagogia pura, conveniencia patente y hasta ignorancia. Un argumento insulso para justificar las nuevas artimañas de la alianza para salvar lo que se pueda.

Las pasiones en el terreno político son un elemento primordial, sean para atraer militantes y electores, para denostar al oponente y para usar a quien se deje. Son un elemento clave en la promoción de ciertos intereses y no acaban de amoldarse con las intenciones declaradas de un sistema democrático. Un par de casos recientes, entre muchos otros, ilustran la complejidad del problema abordado por Weil. Uno de ellos es el Brexit, la naturaleza de los referendos y ahora no saber cómo instrumentarlo. Otro es el independentismo catalán y la manera de actuar del gobierno central de España con tantos resabios de otros tiempos de enfrentamiento aun no superados.

Pasiones presentadas y exaltadas por todas partes y con la manipulación significativa de la sociedad a la que los partidos y los políticos habrían supuestamente de servir persiguiendo el bien común, un ideal filosófico que queda siempre lejos.

León Bendesky.

Información La Jornada.

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