La austeridad y las primeras opciones

Rolando Cordera Campos

Pronto, el nuevo gobierno tendrá que tomar decisiones sobre la economía y la política nacionales. Sus implicaciones serán diversas y recogerán las hipótesis de los diseñadores de la política, así como los anhelos e intereses de la sociedad.

Este mandato obligará al próximo presidente y a los suyos a moverse de la escalera al escritorio, y del encuentro festivo al siempre difícil, a veces rudo, intercambio de peticiones, posiciones y argumentos que buscan convencer no sólo al interlocutor inmediato sino a vastos sectores de la ciudadanía, todavía afiebrados del entusiasmo victorioso.

El nuevo gobierno tendrá que familiarizarse con la necesidad de hacer enojosas posposiciones, cambios de objetivos y compromisos, mientras sus dirigentes aprenden a conjugar el vocablo prioridades, poco atractivo, pero indispensable para un buen gobierno y un mejor diálogo con la sociedad.

El lenguaje y sus conceptos, a diferencia de lo ocurrido en la campaña, se volverán signos cruciales y las manecillas del tiempo gubernamental empezarán a girar sin clemencia. De todo esto y más habrán de compenetrarse los responsables de la conducción del Estado quienes, sin remedio, toparán con la disputa interconstruída por espacios físicos y recursos presupuestales.

Con holgura y sin ella, lo que está disponible para gastar y asignar es del todo insuficiente y esta falla no se va a subsanar con una austeridad cuyos alcances no se modifican por más que se le quiera republicana. Ésta, no es automáticamente una virtud pública e histórica, salvo que se le describa y defina bien, sin generalidades ni puntos de vista ocasionales.

No hay duda de que nosotros y el planeta en su conjunto requerimos nuevas maneras de usar la naturaleza y sus riquezas, el patrimonio primordial de la hazaña humana. Hacerlo es asumir conductas y posturas contra el desperdicio, o pretensiones de progreso basadas en supuestos irreales sobre la abundancia de recursos e ingenio para usarlos. De aquí la potencialidad de una nueva cultura económica y social que subvierta la política y la haga responsable directa de la sobrevivencia humana.

De este tipo de consideraciones han emanado mensajes poderosos de austeridad que más bien debía ser vista como frugalidad en el trato con la naturaleza. Por ello la conveniencia de verla como un patrimonio que nos sustenta, más que como una fuente más de riqueza y enriquecimiento.

Pero este es un plano que poco se ha tocado en el discurso político de nuestra democracia. Si logramos hacerlo nuestro y, como se dijo, volverlo soporte de una cultura planetaria, entonces tejeremos argumentos sólidos en pro de la austeridad. De otra manera, sólo nos llevará a ahondar la disputa mezquina y acentuar los recortes indiscriminados, muchos de ellos arbitrarios, que recaen sobre los más vulnerables y pobres.

La austeridad, como ha ocurrido en otras tandas en el pasado, se vuelve un disfraz para lo que al final de cuentas resulta ser un mecanismo redistributivo regresivo contra las capas más débiles del trabajo público y las menos capaces de defenderse en las comunidades y regiones. Algo que este país, sometido a una práctica regresiva por demasiado tiempo, no se puede dar el lujo de repetir so capa de que responde a una mirada y un sentimiento progresistas.

Fuente: La Jornada.

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