La UNAM como catalizador social

opinión

Como muchos profesores de asignatura del Colegio de Ciencias y Humanidades (CCH) podemos vivir con salarios miserables, listas jerarquizadas –verdaderas luchas encarnizadas– para obtener el mínimo necesario para subsistir jodidamente; aceptar que nuestros alumnos tengan que sentarse en el piso de aulas en las que ya no cabe nada. Como docentes sabemos que es antipedagógico que existan grupos mayores a 30 alumnos, pero más cuando damos clase a 50 o hasta 60 alumnos; que debemos cubrir un programa diseñado desde un escritorio burocrático que plantea la nueva charada institucional en el poder, demasiado alejado de la práctica en el aula y las necesidades de los egresados.

Los profesores de asignatura del CCH podemos aguantar cargas de trabajo, no sólo en el plantel, sino en casa, en vacaciones, en un segundo empleo, y hasta limitarnos a ir al baño para atender a algún alumno que requiere atención urgente. Resistimos la jornada laboral con una torta y un café, engañamos el hambre con frituras, ya sea falta de tiempo o bolsillo vacío. Toleramos que los cargos y las plazas privilegiadas se otorguen –en su mayoría– por compromiso, recomendación o capricho, a gente que en muchos casos no tiene capacidad ni vocación de servicio y sólo busca mantener su estatus económico y laboral.

Los profesores de asignatura del CCH transigimos que después de 23 años de docencia, de interesarnos verdaderamente por los alumnos, de probar capacidad, currícula y amor a la institución sólo nos quede esperar una jubilación mal pagada. Eso, si antes no tenemos que enfrentar alguna difamación o truco administrativo para una anticipada recesión de contrato.

Los profesores de asignatura del CCH podemos aguantar eso y mucho más… pero lo que no podemos tolerar es la violencia hacia nuestros alumnos por parte de grupos porriles. Personalmente no tolero las imágenes de gañanes de 100 kilos de peso y la plena voluntad de matar, escudándose cobardemente con palos, piedras y petardos en contra de muchachitos ingenuos, armados sólo con valores y conciencia. No puedo comprender cómo y a quién se le ocurrió esta maniobra que sólo busca generar el miedo, el caos y la supuesta paralización de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Pero el Espíritu habla en nombre de la Raza y antes de que quieran satanizar a los universitarios, la gente despierta ya ve que esto no creó el miedo paralizante, sino la movilización de alumnos, profesores, trabajadores y familias que vamos a defender la integridad y la educación de nuestros jóvenes.

No es justo, doctor Enrique Graue, es inconcebible que usted se pavonee de incrementar la matrícula escolar, cuando no ha sido capaz de detener las cuchilladas en los cuerpos de nuestros jóvenes que sólo reclaman condiciones básicas para tener una educación digna.

Es aberrante que a estas alturas, usted, doctor Graue, no haya hecho nada por nadie, y aún tenga el cinismo de seguir atrincherado en su trono de poder, devengando un sueldo que no desquita. Dejando a nuestros muchachos vulnerables ante esos delincuentes pagados por no sé qué maldito grupo interesado en perjudicar más a nuestra alma mater. La misma madre generosa que me dio cobijo y educación a mí y a miles de mexicanos y que ahora es utilizada por gente desquiciada, sin conciencia, malnacida. Como ya se los dije a mis chamacos, como profesora me da vergüenza lo que sucede y lamento que tengan que padecer toda esta serie de injusticias y violencia. Pero también los admiro y los respeto por tener el valor y la conciencia que algunos profesores de la UNAM tratamos de sembrarles.

Guillermina Basurto Estrada, profesora CCH Oriente, Área de Talleres.
Información La Jornada.

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