Las vergüenzas

opinión

Las palabras del arquitectoAlejandro Her­nández, editor de Arquine, fueron dichas sin titubeos: La mejor defensa contra los sismos es un buen gobierno. Menudo problema. Lo cito de memoria: sería un lamentable desperdicio, frente a la tragedia de CDMX, que el gobierno no aprovechara el momento para llevar a cabo un programa urbano, desde la ciudad; no una decisión por la cual cada afectado se haga cargo de sus problemas, ya sea que haya daños menores, que se trate de construcciones que es necesario demoler o someter a reparaciones más o menos severas. Se trata de un problema técnico, de un problema económico y de un problema social. ¿Qué queremos como ciudad? Son necesarias estrategias de construcción mirando la textura de la ciudad. ¿Cómo hacemos para tener una mejor ciudad? CDMX es una ciudad muy extensa, y deberíamos crecer hacia arriba para concentrar más los problemas, piensa; México es un país que no llega en promedio a dos niveles, aunque hay espacios como la colonia Del Valle, que pueden ser de cuatro. París es una ciudad de siete niveles. Pero este crecimiento implica reconstrucciones en muy diversas direcciones, parques públicos, transporte, escuelas, vialidad, tipos de vivienda según zonas de la ciudad. Viena, en los años 20 y 30 decidió, frente a los problemas de los aposentos, construir vivienda pública de renta y sigue haciéndolo hasta la fecha, adecuadamente. El 25 por ciento de la vivienda de renta es así, pública. Éstos, algunos de sus criterios.

Si en CDMX se precisa una reflexión política, colectiva y técnica, sobre tesis como esas, en Oaxaca y en Chiapas las cosas son del todo diferentes. La tragedia se multiplica por mil. O por más. En la década reciente (2007-2017), esos dos estados han tenido una tasa conjunta de crecimiento del PIB de –0.2 por ciento en promedio. Desde el centro del país hacia el norte, el crecimiento ha sido de 2 a 2.5 por ciento; una miseria de crecimiento, pero muestra dos mundos muy distintos.

¿Ahí termina todo? Qué lejos. Lo que apenas se sugiere para CDMX, una reconstrucción de gran angular, de fondo y de largo plazo, lo exige hace muchas décadas todo el país. Pero esto exige otro gobierno. El que tenemos es el gobierno del mercado, de las restricciones de todo tipo, de los recortes, de las genuflexiones frente a las agencias calificadoras. Tenemos que recordar nuevamente que estamos en una democracia en construcción y que ello requiere no sólo qué CDMX queremos colectivamente, en un diálogo que llegue a acuerdos vinculantes, sino igualmente qué país queremos. Pero necesitamos un gobierno abierto a la democracia. A la inclusión. Nadie votó por un país regido por la ilógica neoliberal. Nuestros problemas son avasalladores para, frente a una gran tragedia, reducirlo todo a ayudas humanitarias y dejar que los privados decidan lo que se les pegue le gana con independencia del impacto que generen sobre esta colectividad que es CDMX y sobre esta gran y heterogénea sociedad que somos México.

¿Es verdad, técnicamente, que sólo cuando el epicentro de un sismo está a más de 700 kilómetros de distancia es que tendremos alarmas y ocasión de ponernos a salvo?

Sólo en el tema de los sismos, está claro que el gobierno no se ha propuesto tener una sociedad preparada a fondo para defenderse frente a ella. ¿Ha visto la sociedad mexicana el comportamiento de la sociedad japonesa, que habita un país con incidencias sísmicas mucho más frecuentes y severas que las de México?

¿No es hora de admitir cabalmente que somos un país sísmico y que debemos actuar en consecuencia en todos sentidos? ¿Por qué continúan siendo mayormente afectadas las mismas zonas de la ciudad en cada gran sismo? Si la respuesta es que ahí el suelo es un pantano, sólo estamos diciendo que, como brilla el sol, es de día. ¿No debemos tomar las medidas necesarias para que las colonias Roma y Condesa no sean las mismas zonas más afectadas de siempre? Tenemos que incorporar en la educación los conocimientos sistemáticos necesarios que debe tener toda sociedad que vive en una zona sísmica.

¿Alguien puede explicar el hecho insólito de que en este sismo las muertes de mujeres hayan sido prácticamente el doble que las de hombres? (57 hombres y 112 mujeres, hasta el domingo pasado).

¿No es una vergüenza democrática que después de que las instituciones y los partidos se hayan comido vivo a AMLO y a Morena porque propusieron donar 20 por ciento de sus recursos de campaña, ahora todos reculen y, por pura conveniencia política, siempre sí se suman a la propuesta?

¿No es una vergüenza que nadie sepa cabalmente qué pasó con la fábula de Frida Sofía? ¿No es una vergüenza que el primer medio en señalar la inexistencia de lo que Televisa convirtió en el símbolo del drama, haya sido The Washington Post? ¿No son una vergüenza inenarrable los políticos robándose la ayuda humanitaria de la sociedad?

¿No es el colmo de vergüenza que el signo del más puro subdesarrollo político fuera que el almirante responsable de las operaciones en el colegio Rébsamen se haya hecho eco, sin más, de lo que le habría dicho un supuesto Jorge, con playera que decía Houston en el pecho, sobre una niña inexistente, al tiempo que hacía de Televisa su principalísimo vocero? ¿No es tiempo de reconstruir el país, cabalmente?

José Blanco.

Información La Jornada.

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