Louise Brown, 40 años no son nada

opinión

El 25 de julio celebró su cumpleaños número 40 Louise Brown, la primera persona nacida mediante fertilización in vitro. Fue la primera bebé de probeta, como la bautizó la prensa de esos años. Su nacimiento marcó un punto de inflexión para nuestra especie con el que se consolidaba un dispositivo técnico-científico como intermediario en una de las funciones fundamentales en los humanos y el resto de los seres vivos: la reproducción.

En nuestra especie, la infertilidad ha sido y es el motor del avance en las Tecnologías de Reproducción Asistida (TRA). Al asociarse generalmente esta condición con una causa orgánica, el nuevo paradigma reproductivo se ha desarrollado sobre todo en el campo de la biomedicina. Uno de los aspectos que explica la evolución incesante que tienen estas técnicas es que, a cada paso, dan lugar a nuevos conocimientos y éstos a nuevas tecnologías, lo que muestra que no existe, como se cree, un camino unidireccional que parte de la ciencia básica hacia la tecnología, sino también una ruta inversa.

Una de las características más sorprendentes de las tecnologías reproductivas desde su surgimiento es su carácter dual, pues han estado siempre acompañadas de efectos inesperados, los cuales rebasan por completo los objetivos del combate a la infertilidad, inaugurando nuevos escenarios para la reproducción humana.

La eliminación del contacto entre los cuerpos, la sustitución de procesos fisiológicos en el laboratorio como la fertilización o el desarrollo embrionario, el cambio en el número de participantes biológicos, la ampliación del tiempo reproductivo desde las etapas prepuberales hasta después de la muerte, los cambios en conceptos que han acompañado el desarrollo civilizatorio como consanguinidad y maternidad, por citar algunos de los efectos asociados a las TRA. Esta es la razón por la que el interés hacia estas tecnologías ha dejado de ser exclusivo de la biomedicina e involucra a otras disciplinas como la sociología, la filosofía y los estudios feministas, entre muchas otras.

Es en uno de estos territorios, el del feminismo académico, en el que surgió en el siglo XX un debate muy intenso en el que se formaron dos corrientes: la que ve a las TRA como una intromisión de una medicina patriarcal sobre el cuerpo de las mujeres y una forma de explotación de las más pobres y marginadas (como la donación de óvulos y la subrogación o alquiler de vientres). La otra, que observa en algunos de los efectos colaterales descritos posibilidades de mayor autonomía, pues fortalece la individualidad reproductiva, la diversidad sexual, enriquece el espectro de agrupación familiar y, en consecuencia, conduciría a nuevas formas en la organización social.

Pero en medio de este debate, la investigación no se detiene, y da lugar, en el siglo XXI, a nuevas técnicas. Una de ellas ha conducido al nacimiento de bebés con la participación de dos madres y un padre genéticos, lo que echa por tierra de forma definitiva el concepto tradicional de maternidad biológica. Otra novedad son los trasplantes de ovario, que además de la restauración de la fertilidad en algunos casos específicos, tienen como efecto colateral la postergación de la maternidad por decisión de las mujeres (que buscan adecuar su embarazo con el desarrollo pleno su vida social y profesional), y constituye una fuente de hormonas ováricas posterior a la menopausia. En el plano quirúrgico se han logrado nacimientos exitosos mediante los trasplantes de útero; aunque pareciera ciencia ficción, la construcción de úteros artificiales, aunque esto sigue en etapa de experimentación animal.

Igual de sorprendentes son los avances que permiten la producción de óvulos y espermatozoides a partir de células troncales, independientemente del sexo genético del embrión, y su maduración completa en condiciones artificiales, logrando nacimientos exitosos en ratones (en humanos no son realizables por ahora por razones éticas).

Desafortunadamente, el debate en el seno de algunos grupos feministas, sean o no académicos, no ha variado sustancialmente. Se mantiene la postura de la intromisión patriarcal de la medicina y el abuso sobre sectores de la población, a pesar de las evidencias crecientes sobre oportunidades de mayor autonomía reproductiva y transformación social.

Los 40 años que han transcurrido desde el nacimiento de Louise Brown en realidad son nada si consideramos la velocidad con la que se suceden los nuevos hallazgos en el campo de las TRA. En mi opinión, es muy probable que en este mismo siglo en el debate al que he hecho referencia se reconozcan los efectos potencialmente benéficos y transformadores de estas tecnologías.

Una versión de este texto fue presentada el pasado 18 de julio durante el XII Congreso Iberoamericano de Ciencia, Tecnología y Genero, realizado en Bilbao, España.

Javier Flores
Información La Jornada.

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