Nicaragua: ayer no es hoy, “multiplicado”. Es peor

opinión

Washington (Afp y Upi, 21 de junio de 1979). El canciller mexicano, Jorge Castañeda, dijo hoy aquí, ante la decimoséptima reunión de consulta de la Organización de los Estados Americanos (OEA), dedicada al análisis de la situación nicaragüense, que ni la OEA ni nadie pueden decirle al pueblo de Nicaragua cómo debe constituir su gobierno una vez que derrote al dictador […]

Castañeda manifestó que la responsabilidad esencial por lo que ocurre en Nicaragua recae sobre el régimen de Somoza, y agregó que la dictadura oprobiosa que ha ejercido desde hace más de 40 años, y la explotación inmisercorde de la población, no podían tener otra culminación que la rebelión.

Hasta ahí, el comunicado (resumido) de uno de los más probos y altivos cancilleres que tuvo México. Si el lector ha estado siguiendo la crisis actual de Nicaragua, podrá entonces contar con datos distintos a las fake news que tratan de su realidad. Y obtener conclusiones propias acerca de si en el país centroamericano, el Ayer es hoy, multiplicado (Sergio Ramírez, La Jornada, 12/7/18).

Mi artículo de la semana pasada se tituló Bajo fuego, homónimo de la película dirigida por el director canadiense Roger Spottiswoode. Estrenada en 1983 (año nodal de la guerra de Estados Unidos contra el Frente Sandinista de Liberación Nacional, FSLN), Under fire fue un filme progre de Ho­llywood, en la época en que progres y no tan progresse cruzaban guiñadas y sonrisas. No obstante, pocos repararon en el último diálogo del filme, cuando con gesto de desprecio frente a la victoria del FSLN, el mercenario gringo dice al héroe: Dentro de 20 años, se sabrá quién tenía razón.

Poco después, todo se fue a la mierda: la Unión Soviética y el socialismo realmente existente, el sueño de la democracia real en México y Chile, y el del propio FSLN que, insólitamente, perdió las elecciones y fue destrozado por dos fuerzas contrapuestas: el proletariado y el imperialismo. Bueno… todo con excepción de la recurrente confusión izquierdista que, durante 70 años, creyó que juicio moral y político son sinónimos, y deben coincidir ­felizmente.

Por cierto, una debilidad mental. Pero que en América Latina se manifestó durante la invasión de Estados Unidos en Panamá, cuando el general Manuel Antonio Noriega (quien había jurado morir por la patria) se entregó a los gringos sin pelear. Historia que seguramente cautivó a Sergio Ramírez, y que no pudo contar porque Jorge Luis Borges la había escrito en 1944 (Tema del traidor y el héroeFicciones).

Roma no paga traidores. Confidente de la Agencia Central de Inteligencia, Noriega decidió ser héroe luego de que Washington bajó el pulgar, soltándole la mano. Y tras ser satanizado con medias verdades y medias mentiras, purgó 28 años en prisiones de Estados Unidos, Francia y Panamá, hasta que en mayo de 2017 murió arrepintiéndose de sus errores.

¿Caso parecido al de Daniel Ortega? Negativo. En su momento, Ortega su­po ser héroe de verdad. Pero hoy, su tragedia cierra con la de muchos procesos antimperialistas de los países semicoloniales (Irak, Siria, Libia), en los que las contradicciones, lejos de dirimirse entre malos y buenos (parusía de los intelectuales y partidos confesionales), conllevan alianzas entre buenos y no tan malos, junto con malos y no tan buenos.

Complicada situación, en suma, que a los revolucionarios de corte y confección desesperan, cuando no los hunden en gravísima depresión ideológica. Sin embargo, un escritor de los buenos, como Sergio Ramírez, zafó del diván. Aunque al costo de olvidar la propia historia antimperialista de su país, que en épocas más dichosas explicó con honestidad intelectual.

Una historia en la que el pueblo de Nicaragua derrotó tres intervenciones militares de los yanquis, y que los Ortega-Murillo han deshonrado, destiñendo la bandera rojinegra en rosa y gris, y optando por asociarse con miserables como Arnoldo Alemán y Enrique Bolaños, ex presidentes que los antecedieron en el cargo.

¿Cómo pararse frente a este amasijo de contradicciones? El pueblo sandinista decidirá. Mas no para que los escritores caigan en el prosaísmo de ser aclamados por consideraciones que exceden sus méritos literarios, o convirtiendo la paradoja en receta de buena ciudadanía.

José Steinsleger
Información La Jornada.

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