Nosotros ya no somos los mismos

Ortiz Tejeda

Les aseguro que de ninguna manera resulta grato iniciar una columna (menos una columneta), con un obligado mea culpa. Sin embargo, circunstancias hay que no pertenecen al ámbito de lo opcional, sino de lo obligado: es el caso. Por eso, sin ambages ni disimulos expreso mi más sentida disculpa a las autoridades universitarias y, en particular a las que colaboran con la abogada general de la UNAM y se desempeñan en las dependencias jurídicas de la institución. El domingo 3 de septiembre, mientras leía la prensa, mi vista cayó sobre el encabezado de una noticia que me cimbró y provocó una reacción extrema; una de esas a la que mi organismo recurre únicamente para superar un colapso que podría ser letal: expulsar, vía bucal, algunos decilitros de espuma verdosa, signo inequívoco, según mi abuela reciclable 2, de que un coraje o un susto me habían causado un fuerte derrame de bilis.

La nota daba a conocer que José Ramón Amieva, quien tenía el mérito de haber logrado vivir en el severo anonimato durante 46 años de su vida, convertido ahora, de golpe y porrazo, en jefe de Gobierno de la ciudad, reclamaba, para no irse de incógnito, todos los reflectores para él solito. No le importó que esta tardía presentación en sociedad requiriera la declaración de una falsedad de consecuencias sólo ignoradas por un abogado egresado de la Universidad del Valle de México y doctorado en la Universidad Marista.

El doctor Amieva, frente al hecho corroborado por testigos presenciales y documentos audiovisuales de la presencia de dos adolescentes, Érick Linares Torres alias El Lucas y Joel Rojas Argüello, El Cárter (27 y 33 años, respectivamete), dentro del territorio que los investigadores de CSI denominamos escena del crimen o crime scene, alegó que no había prueba de que estos personajes tuvieran algo que ver con el atentado contra los jóvenes del CCH Azcapotzalco que pacíficamente se manifestaban al pie del edificio de la Rectoría. No se les veía poniendo detonantes en el basamento de la torre, ni lanzando patonas de ron, rellenas de algún líquido menos rudo que el Bacardí. Tampoco guardando un arma punzocortante en los entresijos de algún manifestante. Conocer por voz de las autoridades de la ciudad, que las de la UNAM habían cometido el delito de lenidad (en grado de irresponsabilidad total y cretinismo absoluto), me encendió al instante y airadamente reclamé su incomprensible comportamiento. No pasó mucho tiempo para que el gobierno de CDMX, (primera y última vez que utilizo este apodo arbitrariamente asestado a mi inolvidable DF, a mi entrañable ciudad, capital de todos los mexicanos) se retractara y aclarara que si bien la denuncia no había sido presentada por escrito y con sus 101 copias certificadas, los funcionarios a quienes correspondía el trámite imprescindible (?) lo habían realizado personalmente en tiempo y forma.

Sin embargo, ante la falta de evidencias suficientes, pues los videos podían corresponder al programa ¡Cuidado con la cámara! o una usurpación de identidad de que habían sido víctimas los jóvenes inculpados, el gobierno de la ciudad, fiel a su comportamiento de los pasados años y con respeto irrestricto a los derechos humanos, los había dejado en libertad. Las 72 horas que la ley les concedía para ampliación de las investigaciones y formulación de una consignación, resultaron innecesarias o, muy convenientes. No obstante, Amieva y acompañantes, en su debut y despedida, ignoraron las lecciones más elementales que yo he aprendido en mis dos horas diarias de CSI Miami, Las Vegas, New York, La ley y el Orden, Criminología Naval, etcétera.

¿Al sospechoso de un crimen se le puede comprobar un móvil concreto, un interés o beneficio de cualquier tipo? ¿Contó el sospechoso con la oportunidad necesaria para cometer el delito? ¿Tenía los recursos económicos, materiales, intelectuales estratégicos? No contesten porque el espacio se acabó. Mejor piensen en el cruento, inhumano, hitleriano castigo que se anuncia para los responsables del ataque a los jóvenes alumnos en el campus de CU: Serán expulsados. No, no oyeron mal: el castigo es tan cruel que me recuerda al que se infligió a otro inocente: don Raúl Salinas de Gortari, hace algunos años; no se le dará ninguna otra oportunidad de volver a servir al país en los próximos 30 años. Desde entonces desfallece de saudade y melancolía.

Twitter: @ortiztejeda

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