Nuevo régimen, vieja economía

Rolando Cordera Campos

Dicen los diarios de ayer sábado que los mercados se tranquilizaron. Luego de las turbulencias del jueves y el viernes, un daño colateral debe registrarse en esta más que voluptuosa transición: el infligido a la capacidad del Estado para hacer política económica, en especial aquella que toca al corazón del sistema y se aloja en los intersticios del mundo opaco de las finanzas, la banca y los espacios formales para la especulación y el riesgo.

Así de grandes fueron las olas desatadas por una iniciativa de ley, sin duda mal procesada, que sin embargo responde a un sentimiento más o menos generalizado entre quienes son o han sido usuarios de la banca: que ésta, en su mayoría en manos foráneas, cobra en exceso por sus servicios, como si la prima de riesgo, alta como pocas allá por los lejanos años 80 y 90, o hubiera sido domesticada por décadas de compromiso oficial con la estabilidad financiera y el buen manejo de las finanzas públicas.

Poner en orden unos mecanismos desor-bitados de extracción de excedentes y transferencia al exterior, debería estar en los primeros puestos de una orden del día para apuntalar el tan traído y llevado cambio de régimen, pero no será así, por lo menos en los primeros tres años del nuevo gobierno, según declaración expresa del presidente electo. Lo que debía estarse cocinando en los corredores de la Secretaría de Hacienda, fue puesto a buen recaudo y bajo candado seguro y anunciado por la futura cabeza del Estado, a pesar de la más que dura evidencia de que los bancos, tal y como operan, no son funcionales para un buen desempeño de la economía y requieren de cirugía mayor, en especial aquellos organismos otrora identificados como las palancas para la promoción y estímulo de nuevas actividades o la ocupación de nuevos espacios para la inversión y diversificación del tejido productivo.

Junto con la renuencia a tocar, en los primeros años de la gestión, las finanzas públicas en su flanco recaudatorio, la promesa presidencial del viernes nos presenta un Estado voluntariamente amputado de sus resortes básicos para actuar en y sobre un flanco de la vida social que desde hace años da señales ominosas de mal funcionamiento. Sin una buena finanza, la inversión privada enflaquece y sin una potable fuente de recursos tributarios, la inversión del Estado se habrá de encoger, sometida a todo tipo de presiones y extorsiones provenientes del orden financiero internacional.

Conclusión: la economía ve cómo se oxidan sus tejidos primordiales, que tienen que ver con las decisiones sobre proyectos de inversión y las posibilidades de expandir la producción y el empleo se achatan, hasta sumirnos en un ambiente recesivo del que será cada vez más difícil salir apoyados en nuestras propias fuerzas.

Todo se trocará en una economía reflejo de lo que ocurra y se decida afuera, no obstante las promisorias potencialidades que el nuevo Tratado (T-MEC) podría traer consigo.

En palabras, libremente interpretadas por mi, de los señores Seade y Serra Puche, expuestas el viernes en El Colegio de México, las imposiciones de Trump en la más que dura (re) negociación del tratado, podrían volverse paradojas alentadoras para profundizar y por ende diversificar nuestro entramado productivo, en especial el volcado al exterior. Podría imaginarse así una nueva y efectiva ronda industrializadora del país que, hay que recalcarlo, no podrá ser el fruto virtuoso del mercado sino de la acción política desplegada por el gobierno y los actores principales del drama económico.

Pero sin bancos dispuestos; sin banca de desarrollo alineada por objetivos de transformación productiva; con aberraciones institucionales, como la ya anunciada de fusionar el Banco Nacional de Comercio Exterior con Nafin, y a partir de renuncias sin sentido en el frente fiscal, poco o nada se puede esperar… Lo peor: que la recesión ponga la mesa y el foro para el estreno de un régimen renovado.

Con información de: La Jornada.

Shortlink: