Por el bien de todos

Rolando Cordera Campos

Por el bien de todos, primero los pobres. Tal fue el lema que nos alevantó a muchos en 2006 y seguramente a muchos más este año. Es, qué duda puede caber, una consigna digna y pertinente, llena de implicaciones justicieras y promesas satisfactorias para muchos.

Veremos qué es lo que el nuevo gobierno ofrece y promete. Lo que es claro hoy es que tiene que hacerlo; es decir, tiene que comprometerse con un programa o como se quiera llamársele, destinado directamente a abatir la pobreza y eliminar de la faz de esta tierra la lacra de la pobreza extrema. La que no tiene cobijo, mucho menos justificación económica y política, en esta nación tan poblada de proclamas de justicia y redención.

El compromiso con los pobres no es retórico. Ni nuevo. Tiene décadas de haberse emitido, y lo mismo de no haberse cumplido.

Este es, pienso, el gran desafío inicial de López Obrador: reconocer la pobreza mayúscula que cubre a las masas y aprestarse a abatirla pronto y en serio. Hay con qué y con quienes hacerlo.

Nada fácil. En medio están la variedad de la pobreza y su inclemente demografía, que nos habla de su movilidad y labilidad. No se queda quieta y se viste de muchos modos. Y habla varias lenguas.

Confundir la pobreza con la inmovilidad es un error. Como lo es suponer que la pobreza de los rurales hoy es la misma que el gran Rulfo nos describiera. Ahí está Lubina, qué duda cabe, pero no es la miseria que aqueja a los más, los que pueblan los territorios desolados entre ciudad y ciudad y quitan el sueño de los mejores demógrafos y sociólogos.

Sabemos de qué se trata. Pasaron muchos años sin buen empleo y menos expectativas y muchos mexicanos, sobre todo jóvenes, optaron por la informalidad y la volvieron cultura. Siguen pobres, pero son distintos, llenos de información y, me temo, de encono y decepción.

La peor de las pobrezas, porque ataca al alma y la coraza.

Ya hablaremos y escucharemos lo que todo esto implica para la actual organización económica y la política del Estado para conducirla e inducirla en la dirección necesaria. Y no es poco ni rutinario. Ni sólo cuestión de mover pesos y centavos de un lado a otro.

Fuente: La Jornada.

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