Reconstrucciones

Rolando Cordera Campos
Ajustes y austeridad, republicana o no, tratos y tratados con el vecino siempre atosigante, etcétera, siempre se han intentado. Con resultados disímiles y casi siempre alejados de los propósitos iniciales. Recordemos:

Ante la evidencia de que el ajuste convencional de las finanzas públicas y las cuentas externas no rendía los frutos esperados, el presidente Miguel de la Madrid optó por un enfoque ni ortodoxo ni heterodoxo y pudo domar las tendencias hiperinflacionarias para poner la averiada nave económica rumbo a algún buen puerto. Desde 1985, el Presidente había hablado de un cambio estructural para encarar de fondo la corrosiva crisis de la deuda y su apuesta fue recogida por su sucesor con particular ahinco.

Se profundizó así la reforma económica del Estado, principalmente en dos flancos: la apertura externa a los flujos de comercio y capital y la contracción del Estado como inversionista y productor directo. Nos volvimos una de las economías más abiertas del mundo y el sector público se redujo, jibarizando su conglomerado de empresas productivas.

Con la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, los presidentes Salinas y Bush padre creyeron ver la realización del espíritu de Houston, para que los vecinos dejaran de ser tan distantes. El acuerdo coadyuvó, sin duda, a que México se volviera un pujante exportador de mercancías manufactureras y una atractiva plataforma para la inversión trasnacional. Vastas regiones del centro y el norte vivieron grandes cambios productivos, demográficos y de sus respectivos espacios y poblaciones.

México no fue sólo un gran y exitoso maquilador, aunque diversas formas y novedosas pautas de este estilo industrializante mantienen su predominio sobre el conjunto económico nacional. Es este predominio y la falta de políticas industriales activas, lo que en buena medida explica por qué tanto éxito en el frente externo no ha traído mejoras sustanciales en el nivel de vida de las mayorías, ni siquiera de los trabajadores que concurren a las ramas surgidas del cambio globalizador.

Asimismo, la competitividad se sustentó en las ventajas de un mercado laboral salvaje, hostil al trabajo y favorable al capital, al que se aunó la ausencia casi total de sindicatos genuinos y de una política laboral que hiciera honor a los compromisos constitucionales del Estado con la justicia social y la tutela laboral. En buena medida, México se volvió campo abierto para negocios y negociantes de toda talla y talante, que se volcaron a una febril colonización del Estado y la democracia que, a trompicones, se abría paso en el sistema político imperante.

El voto se implantó como palanca principal del cambio político, como lo muestra el portentoso triunfo electoral de Morena en las elecciones de julio pasado. Pero aún tiene que pasar la prueba de ácido de gestar buenos y no sólo nuevos gobiernos, en una nave estatal dispuesta a poner su proa por delante, frente a las turbulencias de una crisis global enfilada a engarzarse con una nueva recesión.

Luego, sorteada la tormenta, habrá que cambiar el curso seguido por más de 30 años, con su desempeño económico socialmente insatisfactorio, lastrado por una pobreza masiva y una desigualdad incrustada en los mecanismos más profundos de nuestra cultura política y social.

Dejar atrás esta cultura del privilegio y recuperar los animal spirits del desarrollo, para crecer más y aventurarnos en las aguas profundas de la redistribución y la justicia, conforman el desafío mayor para una política renovadora, dirigida a construir un nuevo régimen y no sólo un gobierno diferente. El cambio tendrá que ser no sólo de velocidad, sino de rumbo, para así mostrar la calidad y potencialidades del referido nuevo régimen; otra manera de hacer las cosas y de hacer valer el poder del Estado democrático y constitucional.

Arduas misiones, pero sin crecimiento mayor y sin redistribución justiciera de sus frutos no podrá hablarse de mudanza estratégica o del arribo de un régimen superior al actual. El fin de éste ha sido tortuoso y lo menos que debe buscarse es que el arribo del prometido sea lo menos doloroso posible. Los recuerdos para este porvenir son los de largos y sangrientos años después de terminada la Revolución, mucha inestabilidad y ambiciones de poder sin cauce ni control.

La sombra de aquel caudillo, pues. Y todo por no haber llegado pronto y en serio a un acuerdo en lo fundamental. Todavía hay tiempo para hacer lo necesario para no repetir esa costosa saga.

Toca al gobierno poner juego y llevar la mano. Reconstruir pactos y construir visiones conjuntas y cooperativas, más que jugar a las vencidas. La sabia virtud de conocer el tiempo, no la dicha inicua de perderlo.

Fuente: La Jornada.

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