Sentirnos bellos nos hace más generosos, postula artista del maquillaje

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Tokio. Cuando el maquillador Kodo Nishimura, con zapatos de tacón y ojos ahumados con lápiz negro, entra en una sala de Tokio para una demostración profesional, resulta difícil imaginar que en su tiempo libre es monje budista.

Lleva el pelo rapado, sombra de ojos irisada en los párpados y pestañas postizas. Durante el acto se cambia tres veces de ropa. Sus fans están fascinados.

En el templo tokiota en el que participa con su padre en los rituales parece otro hombre, sin maquillaje y con el atuendo de los monjes.

‘‘Es lo que soy. No voy a pretender ser otra cosa’’, sostiene.

Nishimura es ante todo un artista del maquillaje que embellece a sus clientes, desde cantantes de pop hasta participantes en múltiples concursos.

Pasa buena parte del año en Estados Unidos. Allí se perfeccionó en una afición que mantuvo en secreto en su Japón natal, donde de niño solía encerrarse en el cuarto de baño para maquillarse.

‘‘Abría la paleta de sombras de ojos de Chanel que tenía mi madre e intentaba aplicarlas en la cara. Seguro que parecía un loco, un payaso’’, recuerda partiéndose de la risa.

Cuando se fue a estudiar a Estados Unidos descubrió un mundo diferente. Vio en tiendas de maquillaje a travestis encantados de responder a sus preguntas. Con 18 años hizo su primera compra: máscara y lápiz de ojos.

Una pasantía en el estudio de un maquillador artístico le permitió conseguir un empleo. A su regreso a Japón se sorprendió de que sus padres apoyaban su elección.

Pero le faltaba algo. Creció en un templo budista y de niño solía jugar detrás del altar ornamentado. Sabía que un día tendría que decidir si heredaba el recinto de su padre.

‘‘Quería conocer esta actividad, lo que se hace, saber lo suficiente de ella como para tomar una decisión’’. Con 24 años, se inscribió en un programa de formación en la doctrina de la Tierra pura. Fueron cinco sesiones de varias semanas cada una repartidas en dos años. Al principio estaba pletórico, pero pronto echó de menos su otra faceta.

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Tres momentos de Kodo Nishimura: en un templo en Tokio, el pasado 19 de julio (imagen superior); al centro, el artista del maquillaje muestra su técnica a la modelo Yuri Hotta, en la Universidad Waseda, por último Nishimura meditan en otro santuario. Foto Afp

‘‘En cuanto las puertas se cerraban los instructores empezaban a gritar. Yo pensaba: ‘¡Dónde me metí!’’’ Nishimura resistió. Entre cada sesión volvió a Estados Unidos, pero al final de la formación sufrió una crisis personal. En Nueva York se maquillaba, lucía joyas, trabajaba de maquillador y se sentía atraído por los hombres. Este estilo de vida ‘‘¿no ofenderá a la comunidad de los monjes budistas?’’, se preguntó.

Uno de ellos le dijo que a menudo los monjes japoneses iban sin hábito y ejercían otras profesiones.

‘‘Para mí fue como una liberación’’, afirma Nishimura. ‘‘En ese momento me di cuenta de que podía ser como soy y al mismo tiempo monje. Creo que el mensaje central del budismo es sentir felicidad y compartirla. Sentirse bello te hace más generoso, más atento a los demás y proclive a ayudarles’’.

Nishimura vuelve a Japón dos veces al año y ayuda a su padre en ceremonias como funerales. Por el momento compagina las dos actividades, pero no se siente tentado de heredar el trabajo de su progenitor.

‘‘No creo que estar en un templo sea la mejor manera de ayudar a gran número de personas’’, dice este defensor de los derechos de la comunidad LGBT que enseña a los transexuales trucos para acentuar los rasgos femeninos.

Mio Aoki, transexual de 27 años, estaba en primera fila el día de la demostración.

Kodo Nishimura ‘‘te ayuda a sacar partido a tus rasgos (…) y anima a las personas transgénero a aceptarse como son’’, apunta entusiasmada. ‘‘Kodo es único’’.

Información La Jornada.

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