Urge la reconstrucción de México

opinión

Las tremendas tragedias que sufre el país en estos días deberán ser motivo de importantes reflexiones de todos los mexicanos. Se está demostrando, en primer término, que nuestro pueblo es algo muy importante y notable en su solidaria y generosa reacción ante la desgracia. Lo hemos estado diciendo en México y nos lo advierten en el mundo. Un pueblo así tiene todo el derecho a la vida libre y a la dignidad, así como al pleno disfrute del bienestar. El desgarramiento que toda catástrofe trae consigo nos ha puesto en el camino de entender nuestra verdad como nación y sociedad.

Se está demostrando, en segundo término, que muchas cosas andan mal, muy mal, en nuestro país, en la sociedad y en la política, pues además del desastre de la naturaleza, debida a los terremotos y a los huracanes, estos fenómenos nos sorprenden con una situación social tan lamentable o más que las tragedias mismas. El país tiene ya décadas de sufrir agresiones y atentados a su orden social, a su forma de vivir, que debería ser igualitaria, y sólo se han beneficiado unos cuantos privilegiados y en perjuicio de las inmensas mayorías del pueblo mexicano.

Esto se advierte en todos los ámbitos de la nación y sectores de la actividad económica. La evidencia que las actuales catástrofes exhiben, es esa: un México de pobreza y desigualdades extremas. Y cuando estas tragedias ocurren, afectan principalmente a los que menos tienen, a los que más desamparados se encuentran, como si estos no tuvieran ya demasiadas necesidades y problemas en su vida diaria, producto de la falta de oportunidades y de trabajos dignos, justos y decentes.

Los fenómenos de la naturaleza han venido a destapar las desigualdades y la pobreza, siempre cercanas a la miseria, y han apagado los esfuerzos oficiales que se miran impotentes, desesperados y hasta dramáticos, por meter orden en el esfuerzo de auxiliar a la población, con el fin de pretender, aunque ya sea al cuarto para las 12 del presente sexenio, que el gobierno sí hace por el pueblo lo que no quiso o no supo hacer durante los cinco años anteriores.

Si a eso le agregamos la manipulación y los errores de una comunicación social desbordada y lanzada más a la búsqueda del raitingque de la verdad, tenemos una ciudadanía que sigue siendo ignorada y engañada en estos momentos extremos, por quienes debían informarla con la verdad y no con las fantasías de auxilios que caóticamente se le distribuyen a los núcleos populares, frecuentemente sin sentido, manteniendo así las imágenes de desigualdad social que son evidentes en la pantalla televisiva, aunque quisieran ocultarlas o maquillarlas.

El hecho relevante es la infinita, vigorosa y generosa solidaridad del pueblo con el pueblo, que hace verdadera la afirmación de que sólo él podrá al final de cuentas salvarse a sí mismo. La cantidad de personas, hombres y mujeres, adultos y, especialmente, jóvenes, incluso niños y discapacitados, que se han lanzado al rescate de los miles de damnificados en los estados y en la capital de la República, denota que tenemos una reserva de energía social y de coraje popular que tiene que resultar triunfante en esta confrontación con la madre naturaleza y con los yerros y abusos humanos que se siguen cometiendo.

Este fenómeno hace ver que no hay cobardías ni abstenciones que puedan prevalecer en el pueblo mexicano a la hora de saldar cuentas con todos aquellos y con todo lo que le obstaculiza el camino hacia adelante. Las masas populares, pues ellas han sido las que han acudido al llamado de la solidaridad como rescatistas de los dañados, no podrán ser frenadas mientras se encaminen a su verdadera redención económica, social y humana, ya en el momento de la vida normal. Por el contrario, serán detenidas mientras no luchen como deben contra quienes se les oponen en el camino del progreso. Y esto lo decimos estando al frente de un sindicato de valientes trabajadores mineros, metalúrgicos y siderúrgicos que jamás han agachado la cabeza ante sus enemigos, sino que siempre han respondido los ataques con una gran fuerza y dignidad, por poderosos que sean o puedan parecer sus agresores.

Las injusticias sociales que han puesto en evidencia las tragedias naturales es algo que deberá ser calibrado una vez que pase la tempestad. La desigualdad ha estado en el centro de la destrucción de una sociedad que se encaminaba mal que bien hacia la justicia social, pero que ha sido traicionada y tergiversada por las políticas de privilegio que han armado gobernantes deshonestos y políticos antipopulares, en complicidad con empresarios egoístas y ajenos a cualquier idea de generosidad o equilibrio social, o sea, antisociales. Esta destrucción de la sociedad tiene que frenarse de aquí en adelante. Y así como el terremoto de1985 armó al pueblo con la decisión de organizarse a sí mismo para luchar por su redención, lo cual se advirtió con nitidez en la capital de la República, ahora deberá realizarse en la escala nacional.

No es posible pensar que la reconstrucción del país, no sólo la material, sino también la política, la social y la económica, pueda quedar en manos de los mismos que han destruido a la nación mucho más que los terremotos y los ciclones. Pensar de esa manera es no haber aprendido las lecciones de la historia, y México necesita cambios a fondo, pues de lo que tenemos profunda necesidad es eliminar el modelo económico vigente, el cual genera que haya muy pocos ricos y una inmensa mayoría de pobres. Este cambio del modelo económico y social de la desigualdad es ineludible para que nuestro progreso sea una realidad y lo sea por la vía pacífica, para que no haya que recurrir a los métodos violentos que en otra etapa histórica de todos modos nos abrieron el paso hacia la salvación y la libertad.

Napoleón Gómez Urrutia.

Información La Jornada.

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